sábado, 6 de agosto de 2011
Jose María Arrieta, In Memoriam
Jose María nació en Chile y la primera parte de su juventud la vivió en los años esperanzadores de la Unidad Popular de Salvador Allende, ese movimiento democrático que parecía iba implantar una sociedad más justa. Recuerdo nuestro interés por lo que sucedía en Chile, era un ejemplo a imitar. Jose María no se quedó quieto en aquellos años, militaba como dirigente estudiantil en el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (M.I.R.) uno de los grupos más radicales. Tal vez no era la opción con los análisis políticos más realistas, pero sin duda sus miembros se encontraban entre los más desinteresados buscadores de justicia e igualdad.
Llegó Pinochet y como tantos otros chilenos emprendió el camino del exilio y el desarraigo. Así llegó a España justo empezando el cambio de régimen y viviendo la transición inversa de la dictadura a la democracia.
El exilio es un daño profundo: no quieres irte, pero te tienes que ir. Eso hace daño a cualquiera. Jose María nunca olvidó Chile, ni a su familia, ni sus costumbres, ni sus comidas, ni los hotdog del Domino de Santiago. Pero después de muchos tumbos aprendió a querer también a su nueva patria, en donde vivió más años que en la original. Desde hace más de 20 encontró hogar en la tierra de sus antepasados, el País Vasco. Hogar y mucho amor de su mujer Arantza y de sus amigos.
Pero no querría terminar sin hablar de sus últimos días. Mucha gente muere sin saberlo, no tiene ni tiempo para saber lo que es la muerte. Jose María sabía que tenía un cáncer y también supo cuando éste llegó a la fase terminal. Aguantó con ánimo los quirófanos y la quimio. Luchó por su vida y por seguir compartiéndola con sus seres queridos. Todo ello con dignidad, sin dar la lata, y cuando le llegaban las fuerzas, con sonrisa y humor. Su hijo Txomin le acompañó los últimos días, seguramente hasta pudo hablar de muchas cosas que no eran habituales en su relación y arreglar esas diferencias que inevitablemente, a lo largo de la vida, aparecen entre padres e hijos. Jose María Arrieta murió reconciliado con la vida y con los suyos. Nos dio su última lección.
Hasta la vista, mi amigo, de mi familia.
martes, 31 de mayo de 2011
Homenaje a Maitere
Maitere fue maestra y siempre tuvo el respeto y el cariño de sus alumnos, los padres de los alumnos y de sus compañeros. Maitere era profundamente euskalduna. Amaba el euskera y lo defendía con pasión y determinación. Pero nunca fue nacionalista. No es extraño que tuviera complicidad con la comunidad inmigrante. Fue militante política en el EMK y en Zutik y estuvo siempre mezclada con cualquier causa donde ella viera injusticias.
Pero otra cosa por la que siempre recordaré a Maitere es por su manera de ser. Era alegre, animosa y una buena persona. Maitere era buena, os lo aseguro.
jueves, 29 de octubre de 2009
Buen rollo hasta la muerte
Defender la alegría como una trinchera
defenderla del escándalo y la rutina
de la miseria y los miserables
de las ausencias transitorias
y la definitivas
defender la alegría como un principio
defenderla del pasmo y las pesadillas
de los neutrales y de los neutrones
de las dulces infamias
y los graves diagnósticos
defender la alegría como una bandera
defenderla del rayo y la melancolía
de los ingenuos y de los canallas
de la retórica los paros cardíacos
y de las endemias y las academias
defender la alegría como un destino
defenderla del fuego y de los bomberos
de los suicidas y los homicidas
de las vacaciones y del agobio
de la obligación de estar alegres
defender la alegría como un certeza
defenderla del óxido y la roña
de la famosa pátina del tiempo
del relente y del oportunismo
de los proxenetas de la risa
defender la alegría como un derecho
defenderla de dios y del invierno
de las mayúsculas y de la muerte
de los apellidos y las lástimas
del azar
y también de la alegría.
viernes, 1 de mayo de 2009
Con las botas puestas
En aquellos tiempos las páginas de moda resultaban muchas veces ilegibles llenas de gifs animados etc.., la de Javier destacaba por la preeminencia del texto lo cual la hacía clara e idealmente indexable por los buscadores. El resultado no era brillante, desde el punto de vista estético, lo cual era por una parte extraño en alguien de gusto refinado, pero era el resultado eficaz de combinar comodidad y el reinado del texto. Más tarde, manteniendo su eficacia, también le pudo dar un aspecto estético adecuado, combinado con facilidad de la administración.
Javier trabajó muchos años en El Mundo. Durante años estuvo a gusto, cuando podía criticar al gobierno socialista de Felipe Gonzalez. Cuando llegó Aznar, la cosa de la crítica se le empezó a poner más complicada. Aunque lo que decía, lo pensaba, tal vez había cosas que quería decir y que no consideraba adecuado decirlas en un periódico como El Mundo. La web, el blog, le daba libertad. Como pionero, que era en el tema, pronto fue una de las páginas más populares. Eso le llevó a conocer otro fenómeno el de los fans. Gente que le escribía, gente con la que se juntaba con él cuando viajaba, en definitiva gente que conoció y que nunca hubiera conocido de no haber tenido su blog.
Javier publicaba todos los días, así que a mi me salen como 3000 posts. Esa cantidad da para que algunos de ellos me inquietasen, otros no me gustasen (alguno me llegó a cabrear), otros me ilustrasen, me aburriesen, me dejasen indiferentes, me divirtiesen, me informasen y/o last but not least me emocionasen.
Ahora me queda releerlos.
martes, 28 de abril de 2009
Recuerdos de Javier Ortiz
Tal vez la experiencia más fuerte que compartí con él fueron siete días de comisaría y tres de Martutene en el verano de 1968. Cuando llegamos a la cárcel después del paso por comisaría nos sentíamos seguros, aunque no libres. Esto nos daba el relajo suficiente como para hacernos confidencias. Por ejemplo, ahí me enteré que él era uno de los autores de una revista (de las de multicopista) revolucionaria y en concreto de un artículo elogiando a Simon y Garfunkel. Desde mis posiciones ortodoxas le critiqué duramente acusándole de elogiar "música pequeño-burguesa".
Nunca olvidó esa absurda acusación y muchas veces nos reímos de ello. Por cierto aquella revista que se llamaba
Hitz (de la que creo que salieron un par de números) era cualquier cosa menos una revista sectaria y cerrada.
Javier Ortiz ha muerto
OBITUARIO
Javier Ortiz, columnista
Falleció ayer de parada cardio-respiratoria el escritor y periodista Javier Ortiz. Es algo que él mismo, autor de estas líneas, sabía muy bien que sucedería, y que por eso pudo pronosticar, porque no hay nada más inevitable que morir de parada cardio-respiratoria. Si sigues respirando y el corazón te late, no te dan por muerto.
Así que en ésas estamos (bueno, él ya no).
Javier Ortiz fue el sexto hijo de una maestra de Irún, María Estévez Sáez, y de un gestor administrativo madrileño, José María Ortiz Crouselles. Sus abuelos fueron, respectivamente, un señor de Granada con aspecto de policía –lo que tal vez se justifique considerando el hecho de que era policía–, una señora muy agradable y culta con allure y apellido del Rosellón, un honrado y discreto carabinero orensano con habilidades de pendolista y una viuda de Haro casada en segundas nupcias con el recién mencionado, Javier Estévez Cartelle, del que se derivó el nombre de pila de nuestro reciéndifunto. Si algún interés tienen todos estos antecedentes, cosa que dista de estar clara, es el de demostrar que, en contra de lo que suele pretenderse, el cruce de razas no mejora el producto. (Obsérvese qué gran variedad de procedencias se puso en juego para acabar fabricando a un vasco calvo y bajito.)
La infancia de Javier Ortiz transcurrió en San Sebastián, ciudad que le venía muy a mano, porque nació allí. Se dedicó básicamente a mirar lo que había por sus cercanías, en particular el pecho de las señoras –ahora que ya está muerto podemos descubrir ese inocente secreto suyo–, y a estudiar cosas tan peregrinas como las ciudades costeras del Perú, de las que no logró olvidarse hasta su postrer respiro. Los jesuitas trataron de encauzarlo por el buen camino, pero él descubrió muy pronto que era comunista. Eso malogró del todo su carrera religiosa, ya de por sí poco prometedora, sobre todo desde que notó con desagrado el interés que algunos sacerdotes ponían en sus partes pudendas.
Su primer trabajo como escribidor, aparecidoen una página del periódico del colegio, fue, curiosamente, una necrológica,con lo que cabría decir que su carrera como periodista ha resultado capicúa, singular circunstancia de la que muy pocos podrían presumir, aún en el improbable caso de que lo pretendieran.
A los 15 años, hastiado de las injusticias humanas –algunas de las cuales seguían teniendo como referencia obsesiva los pechos femeninos–, decidió hacerse marxista-leninista. Los años siguientes tuvo que emplearlos en averiguar qué era eso queacababa de hacerse, a lo que contribuyeron decisivamente algunos esforzados miembros de la Policía política franquista.
A partir de lo cual, se dedicó con gran entusiasmo a cultivar el noble género del panfleto. Sin parar. A diario. Año tras año. Fue cambiando de punto de residencia, no siempre por voluntad propia –ahí merecen especial mención sus estancias carcelarias y su exilio, primero en Burdeos, luego en París–, pero jamás varió su inquebrantable afán de agitador político, que él pretendía haber adquirido, por absurdo que parezca –y sea, de hecho–, en la lectura de Los documentos póstumos del Club Pickwick, de don Carlos Dickens, y de las Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Padarox, de don Pío Baroja.
Burdeos, París, Barcelona, Madrid, Bilbao, Aigües, Santander... Recorrió incontables sitios y holló innúmeros parajes sin parar de escribir, erre que erre. Zutik!, Servir al Pueblo, Saida, Liberación–y Mar, y Mediterranean Magazine– y El Mundo, y una docena de libros, y varias radios, y algunas televisiones... Por escribir, incluso escribió para otros y otras, ejerciendo de negro en momentos de particular penuria. También lo hizo a veces por amistad.
Movido por la lectura del Selecciones de Reader’s Digest y otras publicaciones estadounidenses tan aficionadas a ese género de operaciones, un día decidió calcular cuántos kilómetros cubrirían sus escritos, en el caso de colocarlos todos en una sola larguísima línea de cuerpo 12. El resultado de la estimación fue concluyente: ocuparían la tira.
En materia de amores (de la que sería injusto decir que careciera de alguna experiencia), también fue capicúa. Decía que las mejores mujeres, las más cariñosas y las más nobles con las que compartió sus días (sin desdeñar dogmáticamente a ninguna otra), le resultaron la primera y la última. Aunque la favorita le apareciera por medio: su hija Ane.
Y todo para acabar con algo tan vulgar como la muerte. Por parada cardio-respiratoria, como queda dicho. En fin, otro puesto de trabajo disponible. Algo es algo.
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Javier Ortiz, escritor y columnista, nació en Donostia-San Sebastián el 24 de enero de 1948 y murió ayer en Aigües (Alicante), tras dejar escrito el presente obituario.
